Hoy ha sido un día tranquilo y muy bueno. Hemos hecho senderismo y hemos conocido a un japonés.
Por la mañana no habíamos decidido qué hacer y Jaime dijo que hacía buen día para ir al monte Fuji, pero los autobuses tardan mucho y son caros. Estuvimos mirando otra opción que habíamos pensado, el monte Takao. A este monte se llega por unos tres euros y medio, en tren y en sólo una hora, frente a los 17 euros y más de dos horas al monte Fuji.
Además, al monte Fuji no se puede subir ahora porque no es temporada, aquí en cambio podemos ir por hasta 6 rutas distintas. No es tan alto, son solo 600 metros, pero está muy bien.
Salimos de casa algo tarde y fuimos al supermercado a comprar. El desayuno y algo para almorzar. Al final compré el dulce de cuatro chocolates, que estaba muy bueno la otra vez (esta también), una bolsa con cinco bollitos rellenos de chocolate, un sandwich de ensalada de pasta y una bandeja con onigiris (arroz con algo más acompañando).
Desde la estación de Shinjuku tuvimos que llegar a la linea Keio, no nos costó mucho porque, aunque la estación es grandísima, está todo bastante bien señalizado (o es que tuvimos mucha suerte). El viaje en tren se nos hizo cortísimo. Supongo que acostumbrados a las 3 y 4 horas de viaje de estos días 50 minutos no han sido nada.
Una vez en la estación del monte elegimos una de las tres rutas que van hasta la cima (dije que había más rutas, son variaciones o intermedias). Concretamente creo que elegimos la más cansada, no había casi nadie subiendo por ella, todo el mundo bajaba, que para bajar sí estaba bien porque casi todo era cuesta abajo.
Cuando llegamos a la cima estuvimos echando un vistazo y, como eran más de las 2 de la tarde, nos sentamos a comer lo que compramos. Yo tenía mucha hambre así que me gustó todo mucho, puede que estuviese bueno aunque no tuviese hambre, pero en ese momento daba igual.
Estuvimos en la cima un buen rato buscando el monte Fuji, que se veía mal, pero se veía, y haciéndole fotos a algunos que había por allí, que parecía que estuviesen en una discoteca.
Un buen rato después comenzamos a bajar y llegamos a un árbol de unos 450 años que marca en la guía del monte por aparecer en una leyenda donde se dice que lo iban a cortar para ampliar el camino, y que a la mañana siguiente le habían salido ocho raíces similares a las patas de un pulpo (y nada más, no se mueve, ni anda, ni salta).
En ese punto se nos acercó a un japonés y nos preguntó si sabíamos algo de ese árbol. Como yo lo había leido en la guía le dije lo que había entendido, que iban a cortar el árbol para ampliar el camino y que le salieron ocho patas y se cambió de sitio.
A partir de ese momento el japonés pensó que yo estaba loco, aunque lo que dijo es que tenía mucha imaginación, como Miyazaki. Y empezó a hablar con nosotros en inglés.
Nos acompañó todo el camino de vuelta, más de una hora, y estuvo hablando de todo. Que había estado 6 meses viviendo en Méjico, dos años en California. Habló de su trabajo, nos preguntó cosas, nos explicó muchas también.
Lo estábamos pasando muy bien los tres, cuando llegamos a la estación nos preguntó si teníamos prisa por volver al hotel y rápidamente le dijimos que no. Así que nos dijo que fuésemos a tomar algo por allí cerca. Eran las seis de la tarde, así que supusimos que sería algo de beber o una merienda.
Cuando entramos él pidió por nosotros y nos trajo el camarero una cena completa a cada uno y una botella de sake para los tres. Habíamos almorzado a las dos y media y bastante comida, a las seis estábamos cenando un bol de soba (un tipo de fideos, que por cierto, nos explicó que provenían de Mongolia).
Nos enseñó cómo tenía que comerse, porque cada cuenco venía acompañado de algo distinto, el de Jaime una especie de yogur con una yema de huevo cruda encima, el suyo con tempura de gamas, setas y calabaza y el mío con una sopa de cebolleta y carne.
En la cena lo pasamos también muy bien, estuvimos hablando y riéndonos mucho. Nos explicó que aquí, para decir que te gustan los fideos que estás tomando, tienes que sorber haciendo mucho ruido, pero que tenemos que recordar no hacerlo cuando volvamos a España.
Aprovechamos que llegó el camarero para pedirle que nos hiciese una foto a los tres juntos, a Jaime, a Eisei Nakamura, que así se llama, y a mi. Cuando la hizo Eisei cogió la cámara y le dijo al camarero que se pusiese con nosotros, que ahora nos la haría el a los tres, así que tenemos dos fotos, una con Eise y otra con el camarero.
Cuando terminamos de comer, que acabamos con todo, incluso con la botella de sake, no nos dejó ni siquiera acompañarle a la puerta, dijo que lo esperásemos y que pagaba él todo. En total se gastó más de 55 euros, y lo conocíamos hacía dos horas como mucho.
Le pedimos su email para mandarle las fotos que nos hicimos. Y le diremos que si viene a Sevilla tiene que avisarnos.
Después de eso fuimos los tres juntos a la estación y nos montamos en el tren. El se bajó en la primera parada, nos despedimos y continuamos hasta la nuestra, que está bastante más lejos.
Hace un rato llegamos a casa, antes pasamos por el supermercado a comprar algo de ramen para la cena de esta noche, aunque yo no sé si cenaré, son las 10 y aún no tengo hambre. Supongo que será por haber cenado también a las seis.
Dejo algunas fotos de las que hemos hecho, sobretodo la última, de la cena con Eisei.